Al final del atrio, escondida casi tras una columna, Inés rezaba con todo el fervor de que era capaz, apretando fuertemente los ojos hasta que le dolían los párpados, apretando las rodillas desnudas contra el frío empedrado para provocar con insistencia ese dolor como un pitido interminable que le hiciera sentIr verdaderamente entregada al sufrimiento y quizás con él a la expiación que no creía merecer mientras no dejaba que ocupara su mente más que el mantra del ave maría, que quizás, solo quizás, junto al resto de padecimientos al menos podría hacerle olvidar las imágenes que le acosaban, llena de gracia tu eres, que se le atascaban en la garganta, ahogándola
—¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?
—Podemos comer del fruto de todos los árboles —respondió la mujer—.
Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: “No coman de ese árbol, ni lo toquen; de lo contrario, morirán”.
Pero la serpiente le dijo a la mujer: —¡No es cierto, no van a morir!
Y eso que lo que más le preocupaba a Inés es que se le notara en la cara. Se miraba insistentemente en el espejo resquebrajado del baño comunal sobre el frío de las tinas en que sor Agravio las mandaba asearse sumergiendo la cara con el agua fría que salía desmayada de los altos grifos, con su sabor a cal y a herrumbre. Se secaba con una servilleta de tela, apenas una bayeta que de todos modos estaba húmeda y olía a moho, y se remiraba en el espejo, recomponiendo el gesto, porque según Merceditas, la pelirroja de la cama de al lado, se notaba en la cara, y contaba la historia de su hermana el día después de su boda, que fue dos días antes de que la llevaran al internado. Eso se nota en la cara, decía. Pues yo le vi el pito a mi primo tres veces, decía Asunta, deslenguada y procaz siempre, y una se me puso así, para que yo lo tocara. Inés escuchaba en silencio. Ellos lo que quieren es soltar el moco, ya se sabe. Y lo tocaste, le preguntaban las otras. Ah, reía Asunta, mírame la cara, a ver qué piensas. Las otras se sonreían maliciosas. Eso se nota en la cara, repetía Merceditas, a ver, si lo sabe todo el mundo. Sor Sagrario tiene esa cara, dejaba caer otra con malicia. No ves como se acerca a don Agustín, que parece que se va a levantar las faldas. Sí, se preguntaba Inés, mientras se hacía la despistada mirando a otro lado, escondiendo el gesto tras un brazo aparentando un gesto indolente, pero y a mi?
Nosotros hemos perdido nuestro estado de vida sobrenatural por la seducción de un mundo enemigo de Dios. No dejamos de pertenecer a nuestro Creador para pertenecer a nosotros mismos, sino para pertenecer a Satanás, al ángel de la luz que prefirió las tinieblas a la luz.
Si cejaba en el empeño, si se distraía aunque fuera mínimamente, volverían otra vez las oleadas de asco y de pudor, y con ellas el recuerdo de aquellas manos amasando sus muslos, sus glúteos, culebreando entre la ropa interior para enredarse en su vello púbico. y después algo muy diferente, como un fuego que la quemaba solo por dentro, que la hacía estremecer, como limosas serpientes de fuego recorriendo su entrepierna. Ruega por nosotros pecadores. Y luego estaba lo de las bragas mojadas, como si se hubiera meado encima un poco. Tuvo que correr a cambiárselas, cerrando las piernas, ignorando esa sensación, mirando al suelo. ?Se le notaba? Fue corriendo al lavabo, se escondió las bragas mojadas en el mandil. Le costaba respirar, y si le encontraban con eso allí? Podría tirarlas pero en el internado solo le daban dos, qué iba a hacer desde entonces.
¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios. Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo y él huirá de ustedes.
Por eso apretaba las rodillas contra el duro empedrado, para sentir la mordedura del dolor en los huesos, porque le late fuerte aún el corazón y siente su golpe constante, acompasado, en la entrepierna, y entonces aprieta más los párpados, sube el volumen del ave maría para que ahogue todo pensamiento que se atreva a callejear en los reveses de su cabeza. Apenas escucha los bisbiseos de las otras chicas, dos bancos más adelante, y las reconvenciones de Sor Sagrario y Sor Esperanza mandándolas callar. Entreabre los ojos y contempla por una décima de segundo la luz que entra por las cristaleras de la capilla.Sabe que queda poco para que le toque a ella pasar al confesionario. Y deja el ave maría como una segunda voz que ronronea aun en su cabeza para volver a recitarse la bien aprendida sarta de pecados inventados que piensa contarle a don Agustín cuando llegue su turno en el confesionario ave maría purísima - Sin pecado concebida. Por supuesto, ninguno de ellos tiene que ver con la sangre que late en su regazo, la culpa que le encharca el estómago, el calor húmedo que le sube por las piernas, el ejército de hormigas que roen su cerebro.
Si satanás tuvo el atrevimiento de tentar a Adán y Eva en su estado de pureza; aun estando en una cercanía con Dios tan estrecha, si fue capaz de tentarlos y alcanzar su objetivo; Cuanto más a nosotros en nuestro estado caído, cuando él sabe que nosotros somos vulnerables, cuando él sabe que nosotros somos débiles, que somos susceptibles a flaquear y especialmente el Diablo sabe que nuestra carne es débil.
Pero cómo imaginar que el diablo vendría a visitarla tan pronto, tan cercano, con su aliento cálido en su oreja, sus manos peludas culebreando entre sus bragas. Cómo imaginar la inquina, la vergüenza como un barro caliente aposentándose sobre su pecho. Era él, Satanás en carne deslucida y vibrante, era su aliento, sus manos velludas de animal. Y no sabía por qué no la tragaba la tierra, por qué no se deshacían sus huesos inmediatamente en ceniza, como su piel no flojeaba hasta caérsele en tiras, dejando a la vista sus negras vísceras. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Volvió entreabrir los ojos, solo un poco. Ya solo quedaba una más en la cola, ella sería la siguiente, la última. Pero notaba un silencioso alboroto repentino. Se acercaba la hora de la comida en el gran comedor junto al refectorio. Y las niñas decían que olía a judías en la cocina, y quizás hubiera pan recién hecho. Entonces volvió a concentrarse en sus pecados inventados recitándolos, ensayando el gesto compungido, el embozo de humillación cristiana, mientras seguía el sonsonete de la oración, ave maría, libre tú eres de todo pecado, trataba de acallar el sordo rugido de la carne, el latir que arrasaba su vejiga, bendita tú eres entre todas las mujeres. Y tenía ganas de arrastrar ceniza por su entrepierna, hasta destriparla, por que nunca más sería pura, y se lo notarían en la cara, eso se nota, y viviría en la vergûenza, repudiada, hundida en el lodazal, tragando el agua sucia de los charcos, el polvo de los caminos y el sudor de los hombres de sonrisa aviesa.Dios te salve, María.
Porque nada de lo que hay en el mundo —los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida— proviene del Padre, sino del mundo. Yo no le tengo tanto miedo al demonio, al mundo le tengo más miedo, pero nuestro peor enemigo es nuestra propia Carne
Y entonces suena la campana, quizás se salve de confesar, y podrá correr como las otras a la cola del comedor, y quizás olvidando todo, gustar del pan, el sencillo pan, y el guiso, con su sencilla cuchara. Y con ese ánimo se levanta, y en la vibración de las campanas siente que se acallan, para su alivio, las voces que encharcan su mente, y un leve destello de esperanza ilumina su pecho. Entonces siente la voz a sus espaldas. Con los ojos cerrados, rezando casi con furia, no lo había oído llegar. Es el demonio, el mismo Satanás. Se gira asustada y lo ve, con su cara fofa, su sotana raída. tú no, todavía. Le dice apoyando sus mano velluda en su hombro.. Siente que le flaquean las piernas, que podría derrumbarse en cualquier momento. Ven un momento a la sacristía.