jueves, 15 de enero de 2026

Vacío

 Un momento, dice el profesor C., olvidé mi sombrero en el aula. Sus colegas, de manera pragmática, se despiden de él. Es tarde, muy tarde. Está ya anocheciendo sobre el campus, y  sus esquinas neogóticas, el patio central, que amaneció incólume de nieve blanca y  reciente ya parece un potrero gris. El profesor C. saca las llaves del aula del bolsillo del traje de tweed. El espacio, ya vacío, no huele a madera noble y linóleo, como cuando comenzó allí, cuando era un joven de gafas redondas que creía que discutir consistía en ganar, que argumentar era jugar, que el mundo se contenía en las letras del abecedario. Ahora huele a sudor adolescente, a chicle, a polvo.. Se acerca a las ventanas y contempla la ciudad universitaria cayendo en la pereza del atardecer, los árboles desmochados, la pátina del invierno sobre las calles. Fue entonces cuando de repente, como en una iluminación, sintió el peso del vacío. Con todas sus letras, sí, con toda su ausencia.  Y esto podrá sonar paradójico, tanto que, quizás porque no tenía a quien confesar estas iniquidades, nunca confesaría a nadie la importancia de este momento. 


Vacío. Nada más que vacío. Pero el vacío en teoría no debería ser malo ni bueno. Una llamada en la oscuridad, un par de trazos incompletos en un lienzo en blanco, todo muy simple. Del vacío se presupone limpieza de espíritu alzándose hacia la nada que es Dios en los cielos incólumes y etéreos, limpios también de paisajes y colores, elevándose sobre la podredumbre universal de la alcantarilla y el estadio repleto de cuerpos vociferantes que llamamos que llamamos aula, ciudad, mundo. Una bola negra en la boca del estómago, eso es el vacío, eso que indefectiblemente vive en soledad, muere en la lejanía del horizonte, se entretiene en su contemplativa miseria. 


Entonces, volviéndose hacia la puerta, casi con ánimo de escapar de allí, el profesor C. se niega a aceptar el fracaso de las ilusiones con más filosofía que un par de ajadas máximas viejas y una endeble actitud que quiere parecer digna , memorable, quién sabe si incluso heroica ante los embates de un mundo sin sentido. Su soledad acompañada, meliflua, no le ha enseñado apenas nada, y la luz decadente de un día que acaba como cualquier otro del largo invierno no alcanza a revolver el letargo que a partes iguales le provoca desapego y una leve sensación de fracaso que no hace más que agravar su enfermiza propensión al aislamiento. No sabe si conseguirá salir de allí, recorrer los pasillos, llegar al parking donde tiene su coche, probablemente el último que queda por allí. No sabe si podrá conducir a su casa, llegar aunque sea rozando con los dedos, la botella de cristal labrado donde tiene el whisky. Porque es demasiado tarde, porque la noche cae sobre los cuerpos y las almas, y sabe que después no hay nada, no solo oscuridad, que eso sería algo. Simplemente nada. 



Pobre profesor C., tan sensible al desaliento, tan pronto a la lamentación, tan convencido del fracaso de toda empresa, no volverá nunca a renacer, ni tendrá más objetivo que vivir su propia condena entre las cenizas de su tedio estéril e inacabable. 


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