jueves, 15 de enero de 2026

Suave

Esto no lo has visto, le dijo sonriendo maliciosamente en cuanto llegó a la casa. Ni hola ni nada. Recorrieron la distancia hasta el saloncito, apartó sin mohines un montón de ropa del sofá y se sentó frente a la televisión, empuñando ya el mando a distancia, casi impaciente. Su invitado, aparentemente de su misma edad, se despojó de la chaqueta y la dejó sobre una vieja silla al lado de una mesa comedor de madera contrachapada con viejas ínfulas de mueble provenzal, cuya superficie útil se hallaba completamente cubierta de objetos en un desorden aleatorio, como deben ser los buenos desórdenes, al que no le faltaban cartas del banco sin abrir, un martillo y un destornillador, un bol con fruta desmochada, envoltorios de productos ya consumidos, platos con restos incrustados de comida o prendas de ropa que detuvieron allí su camino hacia otro lugar quizás más apropiado. El recién llegado se sentó junto al joven que empuñaba el mando a distancia y sacó un paquete de tabaco y un mechero, y del paquete extrajo un cigarro que rompió por un extremo con solvencia. Ni cerveza para los amigos tienes, comentó casi desganado, señalando una botella de litro vacía,  mientras seguía manipulando el tabaco que había liberado del tubo de papel y apartaba de la mesita frente al televisor más papeles, una bolsa vacía de patatas fritas y unos retales de papel albal para acercarse el cenicero. Así que su anfitrión tuvo que dejar el mando para levantarse rápidamente, casi con impaciencia, hasta la nevera, de la que volvió con dos latas de cerveza que dejó sobre la mesa para volver a empuñar el mando.Esto no lo has visto y lo vas a flipar, le dijo. Qué es, más snuff?, le preguntó el recién llegado que dejaba de mirar la palma de su mano, donde desmigaba pequeñas virutas de hachís, para mirar hacia el televisor, hecho este que el otro joven, una vez conseguida la atención reclamada aprovechó para pulsar un botón del mando que apuntaba hacia el televisor mientras aseveraba esto no lo has visto tú en tu vida, y en ese momento una señora de mediana edad encuadrada en los límites de la pantalla comenzara a gritar con desesperación desde la cubierta de un barco, algo parecido a un yate. A ver, que yo he visto muchas cosas, decía su amigo, haciéndose un poco innecesariamente el interesante. Espera que te lo pongo desde el principio, le respondió el otro, accionando otro botón. Y su compañero de sofá ya había tomado un papelillo y acababa de enrollar con presteza un cilindro que pasó a contemplar con atención de orgulloso artesano. 


Luego surgió una voz descompensada, acompañada de graznidos de gaviotas y el rugido de un mar deslavazado. Una mujer aparecía en el foco, parecía venir de haber dejado la cámara apoyada en algún lugar. Sé que cuesta mucho poner palabras a las emociones, comenzó diciendo mientras con una mano luchaba por cerrar una gabardina frente a los embates del viento y con la otra se apartaba el pelo de la cara. Pero el viento no cejaba, se llevaba sus palabras, aullaba al micrófono para entorpecerlas, se arrastraba en forma de rasposo lamento. Es difícil poner palabras para decir que el amor no corre por este mundo. Se giró para mostrar un pedazo de costa, en la que pululaban laboriosamente diversas máquinas de construcción: grúas y excavadoras que diligentemente removían la tierra. Aquí están construyendo una isla artificial para poder llenarla de hormigón, de ladrillos de cemento, de basura, de plantas atrapadas en parterres, de escaleras, de puertas, de verjas que se cierran y se abren junto a un puerto también artificial, encerrado en sí mismo con lenguas de asfalto y boyas 



Una nueva calada, profunda, como si quisiera llegar hasta el alma, detuvo al joven en la contemplación de la pantalla y tuvo que esforzarse, aunque conocía los resortes, para negar denodadamente la sensación de desear que el mundo se acabara, que los goznes de las puertas estallaran y una  noche sin farolas ni sirenas se lo tragara todo En la siguiente imagen la mujer corría hacia el interior de un barco, llevaba el teléfono en la mano, el movimiento desconsiderado mareaba tanto que acabó pasando el cilindro de papel, tabaco y hachís a su anfitrión, que lo tomó sin casi mirarlo mientras aseguraba que ahora venía lo bueno mientras la mujer, con pelos de loca y cara de desesperación entraba en las entrañas de un barco, debía ser uno de aquellos que había enfocado antes en el puerto que llamaba artificial, y al traspasar la oscura profundidad de su bajo vientre halló a dos niños dormidos en mullidos colchones tapizados de cuero noble, a los que se acercó para susurrarles  al oído, mientras les acariciaba el pelo tan suave pero tan inquietantemente,  que nadie merecía vivir en el mundo que habían creado sus padres, que no tendrán voz cuando sus pulmones estallen en el barullo del mundo. 


Los dos jóvenes se miraron y el recién llegado se fijó en la entrepierna de su compañero de sofá. Ya se te ha puesto dura, verdad, dijo aplastando con fervor la mano en su regazo. Segundos después, mientras unas voces infantiles berreaban de dolor, eyaculó. Ahora me toca a mi, le susurró al oido, mientras le acariciaba el miembro desbaratado  tan suave, pero de nuevo tan inquietantemente como la noche tras las ventanas, con su regusto a moho y a piedra y a sangre corriendo hacia las alcantarillas. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario