jueves, 20 de agosto de 2009

Valentina

Puede que no se preguntara qué hacía allí, tras haber atravesado el amplio recibidor y subir las escaleras. Al fondo del pasillo, se distinguía una puerta entreabierta. Sócrates se acercó sigilosamente; luego entró en la estancia. Las ventanas estaban abiertas y las corttinas sin correr, y por eso inundaba la habitación hasta los altos techos la luz etérea de luna en la noche más azul que nadie pudo ver jamás. Frente a la pared había una cama de altos doseles de un blanco nacarino. En la cama yacía una muchacha rubia bajo la impoluta ropa de fino paño. Sócrates se acercó hasta ella y le acarició la mejilla levemente. Entonces ella despertó, abrió los ojos y le miró profundamente, como si le hubiera estado esperando toda la vida.

- Soy Valentina- dijo.

Aquella noche en que durmieron juntos tuvieron sueños complementarios.

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