jueves, 3 de septiembre de 2009

Insistencia en la culpa

Por eso, en el umbral último de su vida desgastada, mientras intentaba absorber con dificultad el oxígeno a través de la mascarilla, el Dr. Engel pensó en la muerte por última vez en su vida. Su mirada se posaba en las blancas paredes, en el filo de la ventana, que era lo único que podía ver sin mover la cabeza, lo cuál le resultaba más que trabajoso. Pensó en las luciérnagas en el lago, revoloteando como estrellas fugaces cuando volvía de pescar con su padre y era ya de noche, y apenas podían distinguir el sendero de camino a casa. Pensó en el olor a espliego y a sangre y a sexo de su mujer, en la sonrisa de su hija. El miedo, la podredumbre, la miseria, todo lo que había rozado su vida tan solo levemente, quedaba atrás. Pensó en la lluvia y en el verde de los campos en junio, la primavera en el parque frente a aquel piso en calle Wellington. Así pudo acabar decidiendo que había sido justo y bueno, que había merecido cada beso, cada caricia, cada sonrisa, cada brisa de aire que vino a morir en sus pulmones. Así pudo construir la mentira que le pudiera hacer pensar que su vida había valido la pena. Que lo único importante era el aire para respirar.

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